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Cuando los vaqueros ahumaban la pradera


En un lugar de la mancha que podría tener en mi pulmón, de cuyo nombre clínico no quiero acordarme, no ha mucho que vivían unos caballeros cowboys que cabalgaban al atardecer bajo un sol telescópico, cruzaban ríos y encendían el fuego bajo el cielo estrellado de América, con orgullo, satisfacción y un cigarrillo en la comisura de los labios…

 Total, que mucho antes de que lo dijera Camilo Sesto, todos pensamos: mola mazo. Y, como consecuencia, millones de preadolescentes en todo el mundo vimos en aquellas postales tramposas (la penosa vida del cowboy es, en realidad, un rosario de polvo, sudor, mierda de vaca, heladas nocturnas y posaderas maltrechas) la incierta promesa de aparentar más edad, sabiduría y desenvoltura por el simple hecho de blandir un cigarro en la mano.

 Esto –lo de los vaqueros– fue así, como mínimo, desde los setenta hasta bien entrados los noventa. Y sólo entonces, mientras aquellos preadolescentes crecíamos y nos enfrentábamos a la dificultad para subir escaleras, a la carraspera y los dedos amarillos, las autoridades sanitarias advirtieron que, tal vez, aquello podría ser perjudicial para la salud. Y empezaron a tomar algunas medidas.

 La primera fue eso, “advertir de que… Pero con prudencia, ¿eh?, como hay que hacer las cosas cuando uno es una autoridad sanitaria: “El tabaco PODRÍA ser perjudicial para la salud”, dijeron. Comenzaban a sospechar que el arsénico, benceno, cianuro, formaldehído, hidrácido, amonia, nicotina, fenol, estireno y tolueno que contenía cada cigarrillo PODRÍA, efectivamente, no ayudarte a evitar los siete signos del envejecimiento.

 Y resultó que sí, que no.

 Cuando el humo nos dejó ver el incendio

Así que las autoridades sanitarias dieron el siguiente paso: prohibieron poner anuncios de tabaco en los periódicos, las revistas, la radio y la televisión. Ahora (estamos a finales de los 90) las grandes tabacaleras –y sus fieles publicistas– “sólo” podrían colocar sus logos en el bólido de Schumacher, en las giras de los Stones, en marcas de ropa o de relojes creadas ad hoc –y, qué casualidad, con los mismos nombres– o en las películas de James Bond… Además, por supuesto, de poder seguir haciéndolo sin ninguna cortapisa en cualquier país en vías de desarrollo, donde las autoridades sanitarias y los Comités de Autocontrol de la Publicidad nunca han sido tan tiquismiquis.

 Pero el caso es que algo empezó a cambiar en el primer mundo. En aquellos días, hasta los médicos empezaron a plantearse dejar de fumar (aunque ellos, como todos sabemos, nunca lo dejaron).

 Cuando decidimos ventilar el humo

El siguiente capítulo es ahora mismo.

 Los fumadores han pasado de ser los glamurosos protagonistas de la película a unos apestados –nunca mejor dicho– expulsados del paraíso terrenal, de la oficina y del bar de la esquina, mientras las autoridades sanitarias mundiales ya TE ASEGURAN que morirás más joven y con el cutis fatal si sigues fumando.

 Malas noticias para los comerciantes de nicotina, que se han puesto las pilas y, con la ayuda de sus brillantes y bien pagados publicistas, se han propuesto llenar de humo la plaza pública –o sea, internet, pero también, y con la misma sutileza, los cines, la tele, las revistas–, con mensajes nada subliminales que tratan de volver a convencernos de que, en el fondo, llevarse un cigarrillo a los labios –como estar flaco-a, la risa floja y vivir peligrosamente, aunque sólo sea los viernes o los sábados por la noche– es muy sexy. Y mola mazo.

 Y podrían estar consiguiéndolo, a la vista de las aterradoras cifras de nuevos fumadores en el mundo, la mayoría de ellos –al menos, entre nosotros– mujeres. Mejor dicho, niñas.

 Solo que, esta vez sí, a las autoridades sanitarias (la OMS) se les han hinchado los galones y se han decidido, por fin, a contraatacar, a disipar ese humo espeso y narcótico, que ciega la inteligencia y nubla la voluntad, poniendo a tope el ventilador de la verdad científica y la transparencia.

 Una batalla desigual, no por el talento de los contendientes sino, obviamente, por el tamaño de sus billeteras. Pero que podemos ganar.

 Aprovechando la celebración anual, el próximo 31 de mayo, del Día Mundial Sin Tabaco, y bajo el nada subliminal lema “INTIMIDATION”, la Organización Mundial de la Salud se ha propuesto, y citamos, “… denunciar y contrarrestar los intentos descarados y cada vez más agresivos de la industria tabacalera para socavar el Convenio Marco para el Control del Tabaco de la Organización Mundial de la Salud y educar a los responsables políticos y al público en general acerca de las tácticas nefastas y perjudiciales de la industria tabacalera”

 Así que, cuando los responsables del Plan sobre Drogas (sí, sí, drogas) de la Consejería de Sanidad de Asturias nos pidieron que les hiciéramos su propio cartel para el Día Mundial Sin Tabaco, nos pareció que tocaba ponerse combativo. Y a ellos también, a la vista está.

AS

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