25 años de altruismo egoísta

Cuando alguien inicia el –larguísimo– proceso de adopción de un menor, una de las cosas que le preguntarán en la primera entrevista con los Servicios Sociales es: ¿Cuál es tu/vuestra principal motivación para adoptar?

 Es una pregunta trampa. Y la utilizan para poner a prueba la solidez de tu proyecto como futuro padre o madre adoptivo. Seguramente puedes imaginarte en esa situación y pensarás que la respuesta “más correcta” debe ser algo así como “Quiero adoptar un niño o una niña para darle la oportunidad de una vida mejor que la del orfanato” o “Me impresionaron mucho esas imágenes tan terribles que pusieron en el Telediario de aquel orfanato de (pon aquí el país en vías de desarrollo que prefieras) y me pareció que nosotros, que somos unos privilegiados, podríamos y deberíamos hacer algo por ellos”…

 ¡¡Meeeec!! ¡ERROR! Como los profesionales –psicólogos, educadores, trabajadores sociales– que trabajan en el ámbito de la adopción saben muy bien, si ésa es tu principal motivación el riesgo de que te acabe fallando será mucho mayor. Y quien más caro acabaría pagando ese fracaso será precisamente tu hijo o hija adoptivo.

Por duro que suene, la motivación más apropiada y adecuada en estos casos no es otra que el EGOÍSMO. Así, con todas las letras. Porque, para que una persona o una pareja afronte con la decisión, entereza e ilusión necesarias la dura travesía que supone conocer, aceptar, criar y educar a un hijo –al que, además, ni siquiera has visto nacer– lo principal es, simplemente, que desees más que ninguna otra cosa y con todas tus fuerzas justo eso: tener un hijo… Egoístamente hablando, se entiende: que TÚ no aceptes NO poder tener un hijo; que creas que TÚ NO vas a ser feliz si no lo tienes; que creas que TE LO MERECES;  que quieras tener TU hijo y punto. Y que estés, claro, dispuesto a (casi) TODO para conseguirlo.

 Bueno, ¿y a qué viene todo esto? ¿Éste no era un blog sobre publicidad?

 Efectivamente. Y ya hemos hablado de egoísmo, así que tampoco andaremos tan desencaminados.

 En Bittia, nuestra principal motivación para adoptar un cliente –además de que todos nos parecen guapos– es su dinero. ¿Suena suficientemente egoísta? Seguro, pero también nos resulta muy motivadora –sobre todo si se cumple– la expectativa de hacer para nuestro cliente un trabajo del que podamos sentirnos orgullosos, un trabajo por el que recibamos felicitaciones –las primeras, las del propio cliente, claro– y, si puede ser, premios regionales, nacionales y/o internacionales, que suelen ser entregados en vistosas galas con importantes personalidades de la publicidad y la política, fotógrafos y redactores de prensa, canapés, vinos españoles y, excepcionalmente, con José Armas, El Ilusionista.

 Puro egoísmo, todo.

 Así son las cosas, en general: casi todas las cosas que funcionan en la vida de las personas y de las empresas lo hacen porque en nuestro particular balance final de felicidad, orgullo, satisfacción, justicia, llámalo como quieras, hacen que nos salga a devolver. Si no, no las haríamos. Y, desde luego, no las repetiríamos.

 También cuando somos altruistas.

 ¿Alguien se imagina al más altruista miembro de la más altruista ONG odiando y sufriendo amargamente cada día de su vida como cooperante y, aún así, movido por un raro, ejemplar y loable sentido del deber y del bien, sacándola adelante durante años, durante décadas, a costa de su propia felicidad? NO: si lo hace es porque, al final, resulta recompensado. Porque le gratifica comprobar el efecto de su trabajo sobre las personas que se benefician de él; le hace sentirse mejor consigo mismo y con el mundo; le llena. Y se lo merece, claro. Así que hace muy bien.

 Conocemos a María José Sánchez Romero, la Presidenta del Comité Ciudadano AntiSIDA de Asturias, desde hace más de 30 años. Primero fue una amiga de la pandilla. Luego también María José, “la enfermera”. Pero un día, en un encuentro casual, en una calle cualquiera de Gijón a finales de los ‘80, María José nos contó algo que la definiría –a ella y a nuestra relación con ella– seguramente más que ninguna otra cosa anterior o posterior que hayamos compartido: su compromiso personal –y el de toda la gente que la rodea en el Comité– militante, valiente, honesto e infatigable con la lucha contra el SIDA.

A las personas que hay detrás del Comité AntiSIDA esta lucha les ha causado mucho sufrimiento y no menos frustraciones. Han visto morir a demasiados amigos y han visto incumplidas demasiadas promesas y expectativas: médicas, políticas, sociales y personales. Pero seguro que, en el fondo, su particular declaración de amor también les sale a devolver. O, al menos, tienen la esperanza de que le salga algún día: que la vida les devuelva lo mucho invertido durante todos estos años de lucha con una gran victoria final; o, a plazos, con pequeñas victorias parciales que, en su caso, se cuentan en sonrisas, en cumpleaños, en días y en años ganados al destino, en estigmas borrados y en muchos lazos rojos colgados sobre muchos corazones.

 A nosotros nos pasa algo parecido. Hemos venido haciendo campañas y acciones publicitarias para el Comité Ciudadano AntiSIDA, primero de forma ocasional, desde principios de los 90 y, ya con más continuidad, año tras año, desde 2004.

 A pesar de que somos, ya ha quedado claro, muy egoístas, la gratificación mercantil que éstas nos han aportado nunca ha sido como para tirar cohetes, la verdad. Sin embargo, nuestro ego nunca se ha quejado. Porque, en el fondo, nos hace sentirnos mejores profesionales y mejores personas en un mundo, éste de la Publicidad, en el que a veces tal pareciera que nos pagan por contar mentiras (no en vano, en los años 60 hubo una sección de la legendaria revista satirica La Codorniz que tenía por título “Donde no hay publicidad resplandece la verdad”).

 Y, desde luego, porque nos permite, como mínimo una vez al año –concretamente, cada 1 de diciembre, Día Mundial de la Lucha contra el SIDA– emocionarnos, entusiasmarnos, divertirnos, incluso… arriesgar, llevar nuestra creatividad a otra dimensón, sacar petróleo publicitario de donde no hay ni medios ni presupuesto… y, algunas veces, tener éxito en el empeño. ¡Y todo ello por una buena causa! ¿Os parece poco, tal vez?

 El caso es que en este convulso 2012 el Comité AntiSIDA –y la obstinación de María José Sánchez Romero– cumplen 25 años. Ahí es nada.

 Y hay, sí, algunas cosas que celebrar. La primera haber llegado, a pesar de todo y de las poderosas fuerzas aliadas en el Lado Oscuro, hasta aquí… Aunque en el Comité habrían preferido, claro, celebrar su propia desaparición como ONG, por falta de trabajo, hace diez, quince, veinte años.

 Después podemos celebrar también que cada día que pasa el final del SIDA está, como mínimo, un día más cerca. Y, por supuesto, que el Comité piensa estar ahí hasta el final, allanando y haciendo más corto ese camino, por largo que sea.

 Egoístamente, en Bittia también nos gustaría seguir estando a su lado, para verlo y para ayudar en lo que podamos. Porque eso significará, igualmente, que tenemos salud y algo que aportar.

 Así que, para empezar esta emocionante singladura, le hemos hecho al Comité este logo conmemorativo de su XXV Aniversario. Creemos que ha quedado bastante chulo. Aunque esto es solo el principio, como ya iremos viendo.

 No querríamos terminar este post sin darte un valioso consejo: participa, colabora, comparte. Échale tú también un cable, si puedes, al Comité Ciudadano AntiSIDA de Asturias en este año tan especial para ellos. Pero egoístamente, ¿eh?: porque ya verás qué bien te sienta.

 De momento, puedes sumar tu voz y gritar con nosotros, bien alto: ¡Feliz cumpleaños, comiteros y comiteras!

 ¡Ah! Y no te quedes este mensaje solo para ti: ¡Pásalo, egoísta!

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