“No soy nadie, Doctor”

Desde luego, una de las habilidades que tiene (que DEBE tener) la publicidad –la buena y la mala– es la de fijar en nuestras cabezas frases, lemas, gracietas, ripios, imágenes y cancioncillas que acaban por quedarse ahí durante un tiempo… En algunos casos, incluso durante mucho tiempo.

Por poner un ejemplo: la amarga queja “No soy nadie, doctor” de aquel sosias de Woody Allen ninguneado hasta por su terapeuta en la campaña de 2003 de Daikin Aire Acondicionado (Clouseau Draft Wordwide) entró en mi cabeza para quedarse. Y tampoco sé muy bien por qué, la verdad: ni siquiera la considero precisamente una campaña de esas “memorables”. Pero, oye, los caminos de la memoria son inescrutables. (Si no, ¿por qué recuerdo que una vez, en Oviedo, Lluis Bassat lanzó su chaqueta al público durante una conferencia, pero no recuerdo ni una palabra de lo que dijo después alguien que, por otra parte, es capaz de inspirar en mi tan honda y sincera veneración?).

 Bueno, el caso es que desde que pusieron en la tele el anuncio aquel de Daikin, ahora, cuando alzo inútilmente la mano en una sidrería o cuando mi jefa envía un mail de felicitación con copia “a todos” menos a mi, no puedo evitar repetir en voz alta el mantra: “No soy nadie, Doctor… No soy nadie…”

 Es duro, no ser NADIE… Se ve que, desde que Warhol nos prometió a todos quince minutos de fama, media humanidad ha disfrutado ya de una larga media hora a costa de la otra media (de la que formamos parte tú y yo, por si aún no te habías dado cuenta). Además, en este concurso de méritos las bases no acaban de estar muy claras. Porque, a ver, levantad la mano los que NO conocéis a Sofía Mazagatos. Y ahora levantadla los que conocéis –no digo ya que lo releáis cada invierno,– a Harry Martinson, Premio Nobel de Literatura en 1974, cuyo monumental legado poético es capaz de abarcar desde una gota de rocío a todo el universo…  Pues a eso mismo es a lo que me refiero.

 Esa ambición, esta necesidad de algún tipo de reconocimiento –y el consiguiente sufrimiento por no verlos nunca satisfechos– resulta especialmente dolorosa y visible en las redes sociales, en la web 2.0 (y ss).

 Hace muchos, muchos años –o sea, diez o quince– unos pocos muy ricos o muy influyentes –o ambas cosas a la vez, como José Luis Moreno– controlaban el acceso a los medios de comunicación de masas, tal y como entonces los conocíamos. Ahora, con la revolución de internet, los medios siguen estando controlados –no nos engañemos– por unos pocos, pero el canal está más abierto que nunca. Y, del mismo modo que la mitología capitalista prometía dar la oportunidad al más miserable hijo del más miserable de sus arroyos de llegar a dominar el mundo (o, por lo menos, Banesto), también la mitología de la nueva red de redes nos permite fantasear con la posibilidad de llegar, desde un humilde garaje en Calcuta o El Natahoyo a ser los dueños de una multimillonaria puntocom. O, ¿por qué no? a construirnos la mansion más imponente en la que uno podría nunca imaginar ser arrestado por el FBI.

 Así que casi todos lo intentamos, alguna vez. Cuando nos abrimos una cuenta en Facebook o en Twitter –o, peor aún, iniciamos un blog o una web personal o profesional– abrigamos la secreta esperanza de tener algún día, mejor cercano que lejano, miles, qué digo, cientos de seguidores, de fieles deslumbrados por nuestro proverbial ingenio, creatividad, capacidad de análisis y saber estar.

 Nuestro vecino y realizador de cine Jim Box lo expresó muy bien, hace ya 5 años, en este vídeo 

 Pero muchos son los llamados y sólo unos pocos los elegidos Cada día se registran millones de nuevos perfiles en redes sociales, millones de nuevos dominios de internet. Detrás de cada uno hay una persona o un proyecto que sueña con asomar la cabeza por encima de la grey, hacerse oír, llamar la atención (por algo bueno, si se puede elegir), decir “aquí estoy y hago esto así de bien”.

 ¿De qué depende lograrlo?

 ¿En serio pensáis que vais a leer eso aquí? Si fuésemos capaces de escribirlo, lo haríamos en la web del Club Bilderberg (si es que tienen web, que va a ser que no). Pero no parece aventurado decir que la fórmula debe contener unas ciertas cantidades, y en la proporción justa, de talento, valentía y oportunidad… ¡Ah!, y suerte, claro. Así cualquiera, ¿no?

 Nosotros tenemos algunos buenos amigos y algunos buenos clientes –suelen coincidir– que lo han logrado, y con creces, no creáis. Así, que podáis conocer, se me ocurre nuestro cliente y amigo José Antonio Martínez Nieto, de 360º Rango Digital, S.L.

 Ya os hablamos de José Antonio en nuestro post del pasado 25 de enero. Pero ahora queremos volver a hacerlo para ilustrar cómo ser alguien en internet –y la web de José Antonio, http://www.esquelasdeasturias.com, lo es, porque tiene un mínimo de 70.000 visitas diarias, más que ninguna otra en esta región– puede ayudar a alguien que lo merece a conseguir igualmente un poco más de atención. Como, por ejemplo, nuestro también cliente y también amigo Alfredo Alonso, de Dalpen Viveros.

 ¿Y cómo se hace?

 Básicamente, cuando las visitas no llegan a nuestra web o tienda online de forma natural (SEO, Search Engine Optimization), es decir, cuando no nos encuentran al realizar en Google (embudo universal por el que pasa casi toda la navegación en internet) una búsqueda de nuestros productos o servicios, no nos queda más remedio que buscar las visitas donde sabemos que está nuestro público, colocando allí nuestra publicidad. Como hizo, sin ir más lejos, Dalpen al colocar sus banners en la web de Esquelas de Asturias.

 Otra posibilidad sería pagar a Google para que, cuando alguien busque algo parecido a lo que nosotros vendemos, nos muestre a nosotros antes que a los demás (SEM, Search Engine Marketing).

 Pero ¿funciona?

 Por supuesto que funciona. Podemos conseguir que webs con 8 visitas semanales pasen a tener 80 visitas al día, lo que es como decir que nuestra tienda (la no virtual, se entiende) estuviese llena de gente todo el día. Que luego compren o no dependerá de la calidad del producto que vendamos y del precio que queramos cobrar por él. Ese será el momento de medir el ROI (Retorno de la Inversión) de la acción de SEM o el gasto en publicidad y el que nos dará la clave de la viabilidad de nuestro negocio actual o la necesidad de modificar alguno de los parámetros: ¿Calidad? ¿Precio? ¿Atención?…

 Si fuese fácil, todo el mundo alcanzaría siempre el éxito. Pero lo que, seguro, es imposible es vender si nadie te conoce, nadie se acuerda de ti y tienes siempre la tienda vacía.

 Lleva tráfico a tu web, consigue que la gente hable –aunque sea bien– de ti y estarás más cerca de lograrlo. Y, si no, pregúntale al Doctor Google.

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