Archivos Mensuales: enero 2011

"Archisílabos", por Aurelio Arteta. En El País

Algún lector habrá que recuerde la serie que aquí inicié ¡hace ya 13 años! y de la que este artículo es su tercera entrega. Me había empeñado en reunir esas palabras que se van incorporando al uso cotidiano del hablante y que, preferidas por su mayor largura o inventadas a fuerza de estirar el número de sus sílabas, bauticé como archisílabos. Aún siguen rodando, y con tal naturalidad que ya casi nadie reconoce ni usa el vocablo más corto del que procede o al que viene a suplir. Si entonces recopilé cerca de 200, ahí va otro buen puñado de archisílabos que quedaron sin mencionar.

Contagiados de la jerga empresarial, los discursos son cada vez más ampulosos y más faltos de ideas

No se hace caso a Orwell, que prefería las palabras cortas a las largas

Echemos la red en ese caladero de términos que nacen de pegar a otro la desinencia –ción. Así obtendremos la limitación en lugar del “límite”, la estimulación para indicar el mero “estímulo” (lo mismo que la incentivación ha dejado atrás al artificioso “incentivo”), la formulación por la “fórmula” o la capacitación en vez de la “capacidad”. La “compatibilidad” de funciones se dobla para algunos en compatibilización, ahí es nada. Somos objeto de actuaciones administrativas, es decir, de algo más que simples “acciones”. El médico nos da una citación y no una “cita” vulgar. En la calle no leemos “rótulos”, sino rotulaciones, de parecida manera a como el hombre del tiempo anticipa que habrá “lluvias”, sí, pero sobre todo precipitaciones.

¿Y por qué volver a los gastados “nombres” cuando tenemos a mano las denominaciones? A ver quién se contenta con una “característica” si puede pronunciar caracterización, o con un “enunciado” teniendo al lado una enunciación o con un rápido “contraste” estando ya dispuesta la contrastación. Les juego doble contra sencillo a que descubren por todas partes individuos con motivaciones, pero sin apenas “motivos”. Ya verán cómo la complementación acaba engullendo al “complemento”, la expoliación al “expolio” o la exterminación al “exterminio”. Quien esto firma ha escuchado renunciaciones en vez de “renuncias” y hace poco dio un respingo al enterarse de que una empresa había alcanzado una mejorización, que no “mejora”, de sus resultados. Rizando el rizo, en cierto impreso oficial se escribe exceptuación para señalar una “excepción”.

Los verbos ofrecen un buen pasto a la afición archisilabizadora. Ahora nos prestamos a referenciar, para no ponernos a “referir”, “aludir”, “citar” o “nombrar”, que son términos más humildes por más breves (y, en lugar de lo referido, etc., lo referenciado). O a regularizar, cuando a menudo lo propio sería “regular” y hasta “reglar”. O a sobredimensionar, para evitarnos “ampliar” o “exagerar”, lo mismo que hay que hostilizar al contrario que hasta ahora noslimitábamos a “hostigar”. No nos conformamos con el modesto “formar” lo que haga falta y recurrimos en cambio al conformar (y es que la conformación deja en la boca un regusto más rotundo que “forma”). El comportarse de un modo u otro ha vuelto casi ridículo al “portarse”, el desvincular debe prevalecer sobre el “desatar” o “separar” y penalizar exhibe el empaque que le falta a “castigar”. ¿Y aún no han oído recepcionar para dar lustre a los trillados “recibir” o “acoger”?

George Orwell ya sabía algo de este fenómeno y no dejó de denunciarlo en su día. Lo que pasa es que la regla que dictó para la buena prosa en inglés (“Nunca use una palabra larga donde pueda usar una corta”) parece que no vale hoy para el hablante ordinario de español. Ni siquiera para los sumos sacerdotes de la palabra pública, el político y el periodista. Contagiados de la jerga empresarial, solemos priorizar alguna tarea respecto de otras, porque no nos basta con “primar” esa tarea. Pero también nos conviene flexibilizar nuestras posiciones, que es como “adaptarlas” o “amoldarlas” a lo necesario, a fin de no tensionar -o sea, “tensar”- las cosas y evitar esos tensionamientos que antes eran “tensiones”. Que a nadie se le ocurra “interactuar” con otros, porque ahora se lleva interaccionar, ni “objetivar” una situación cuando está en sus manos objetivizarla. Les gustará saber que hay quienes se dedican a compartimentalizar sus trabajos. Y en cuanto me entere de qué significa modelizar o sustancializar, se lo cuento.

Llevo años indagando el misterio de que la gente, tan poco dada a vicios intelectuales, se pase el día disfrutando en medio de abstracciones como éstas que colecciono. Porque habrán notado que las personas ya no gozamos de “crédito” (salvo del bancario, en todo caso), sino de credibilidad, ni cometemos “faltas”, “delitos” o “deslices”, sino como mucho irregularidades. Donde antes se palpaba el “peligro”, ahora todo se carga de peligrosidad, lo mismo que el pedante ya no relata un “hecho” sino más bien una facticidad. ¿Qué había en nuestra relación personal, afectividad o un simple “afecto”?; y el temblor colectivo que aquel día nos invadió, ¿era de “emoción” o de emotividad? Cuando algún engranaje de nuestro organismo falla, ¿hemos sufrido una “disfunción” o suena mejor una disfuncionalidad? Quizá no me crean, pero hay estiramientos verbales que convierten al “significado” (ya travestido como significación) en pomposa significatividad y al “atractivo” de alguien o de algo en una atractividad irresistible…

No piensen que hemos agotado la cosecha de archisílabos. Se reproducen a diario. Cuando se informa de que una manifestación ciudadana tuvo un seguimiento de tantos miles, quiere decirse que suscitó una “respuesta” o “adhesión” así de numerosa; hay muchas comisiones llamadas de seguimiento porque esta voz le gana en sílabas a “control”, que es el cometido encargado a tales comisiones. Tampoco hacemos “méritos”, sino merecimientos, unos méritos más largos; y una “acogida” muda con frecuencia en acogimiento. Cualquier “aumento” del número de parados o de algún índice económico queda al instante transformado en incremento. Para no abrumarles, me aceptarán en fin que el adjetivo existente (y no digamos lo realmente existente) o está de más o equivale a “real” y “presente”. Claro que mi versión de todo esto, más que “aproximada”, resulta tan sólo aproximativa

Así las cosas, rebosantes de términos ampulosos, nuestros discursos se vuelven a un tiempo más largos de palabras y menos sobrados de ideas. Váyase lo uno por lo otro, dirán los necios, aunque me temo que lo uno busca tan sólo encubrir lo otro.

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Glass, un programa para compartir comentarios. En El País

ROSA JIMÉNEZ CANO – Madrid – 03/01/2011

Joaquín Ayuso, uno de los pioneros de Tuenti, ha hecho un cambio de vida radical, aunque mantiene la esencia emprendedora. Su parte de los 70 millones de euros que pagó Telefónica por Tuenti la podría haber gastado en un deportivo y vivir la vida en California. Prefiere ir al trabajo en un viejo jeep y seguir creando en Los Ángeles. No olvida que su perfil fue el primero de la red social que impera en España, ni que empezó a escribir el código de una de las palabras más populares entre los jóvenes españoles, pero considera que, ahora, su guerra es otra. También con un factor social y donde la privacidad es relevante… pero centrado en el conocimiento.

Glass (www.writeonglass.com) parece una red social, de hecho en algunos aspectos funciona como tal, pero se centra en compartir y comentar lo que se considera interesante, relevante o digno de ser contado a la gente de un entorno determinado. Bajo el lema “escribe en un cristal”, Glass permite crear una conversación en cualquier página web, sin necesidad de enviar un correo.

Por ahora, como pasó en Tuenti, el servicio funciona por invitación y crea grupos de contactos según decida el usuario. Para usarlo, además de darse de alta hace falta instalar un plug-in (un complemento) en el navegador y funciona en Firefox y Chrome.

Glass, cristal en español, crea una capa intermedia, invisible, entre el usuario y el contenido, de modo que mientras se lee una noticia, por ejemplo, se puede abrir una ventana justo a la altura del párrafo, la foto o el vídeo que se quiera comentar. Es transparente, no afecta al contenido. Pero al mismo tiempo es privado, solo lo ven los contactos que se deciden. A partir del comentario inicial, en esa ventana emergente creada al mismo nivel visual del contenido a destacar se puede crear una conversación contextualizada, con enlaces, fotos o vídeos de YouTube que se incrustan directamente.

El siguiente paso son dos aspectos cuya combinación no deja de sorprender. Los móviles y la realidad aumentada. “¿Te imaginas estar ante un plato en un restaurante, hacer una foto del mismo y decirle a mi hermana que tiene que probarlo?”, comenta en una mezcla de fantasía y ensoñación, “digitalizar la realidad sería el último paso y gracias a los teléfonos avanzados, el geoposicionamiento y herramientas como Glass podremos ser más sociales, pero también más prácticos y compartir conocimiento, no solo aspectos lúdicos de nuestra vida. Podremos pasar de la anécdota a la experiencia”, añade.

La creatividad tecnológica, en su opinión, no solo está en San Francisco, Stanford o Palo Alto: “Desde Los Ángeles se pueden crear proyectos interesantes y con un coste aceptable”. Lo dice, precisamente, una persona que se reunía con compañeros de clase en una cafetería VIPS cerca de Nuevos Ministerios (Madrid) o que creó el club de inversión en Bolsa de ICADE. Su obsesión en este momento es la privacidad. “No se trata de ser paranoicos, sino de ser limpios y conscientes de qué estamos contando”, matiza. “La entrada tanto en Tuenti como ahora en Glass por invitación no es para crear una élite, sino para que cada cual se sienta seguro y con gente que conoce en el mundo real”.