NI LEER, NI ESCRIBIR (1) Pachi Poncela.

 

No me acostumbro a escuchar eso de que “la gente no lee”. Aunque por lo general decimos “la gente” para distanciarnos de la masa anónima (igual que uno se distancia de una horda de leprosos o una bandada de estorninos, no sea que le contagien la plaga o le caguen encima), en el caso que nos ocupa podría aventurarse un matiz: “la gente no lee, pero es comprensible”. Llamadme susceptible, o paranoico si queréis, pero cuando alguien sanciona con esas cuatro palabras la escasa afición lectora del prójimo, en lugar de distanciarse (como cuando decimos “la gente no tiene educación” o “la gente es muy guarra”), más bien parece adherirse al hábito del común: “la gente no lee, y yo tampoco, qué le vamos a hacer”.

Conste que servidor no tiene muy claro que leer sea mejor que no hacerlo, principalmente porque la inclinación a la lectura nace con la persona, lo mismo que la tendencia a criar pelos largos en las orejas: y ¿quién diría que es buena o mala esa forma de hirsutismo? Convendría desengañar a quienes aún sostienen que la afición a leer se inculca. Lo más que se puede hacer es despertarla, si está dormida, o tenerla controlada, si es patológica. Pero se ha comprobado que Salamanca no presta lo que la naturaleza no nos dio, por mucho que en ocasiones un niño enclenque acabe emulando al mismísimo Charles Atlas, o que un zopenco de pronóstico acabe llevándose el Nobel de química: son excepciones.

Si alguna autoridad académica saliera con que leer no es necesariamente bueno o, como ocurre con la fruta y la verdura, fijara una cantidad mínima recomendable de lectura, más de dos y de tres suspirarían aliviados, tal es la presión a la que se ven sometidos por un sistema que sigue cifrando en el consumo de libros la parte gorda  del adiestramiento humano. Al fin y al cabo, el hábito de leer es relativamente reciente (sobre todo si lo comparamos con otras costumbres humanas tales como fornicar, difamar o matarse a palos), lo mismo que la edición libresca. Y eso no impidió que también hubiera sabios en aquella antigüedad iletrada, mucho antes del catón, cuando se leía poco y en voz alta, en las aulas magnas, en los refectorios de los conventos y para de contar.

Dicho lo cual, y concediendo que quizás el libro ostente excesivo prestigio, abruma constatar la arrogante complacencia con la que se asume la alergia a la letra impresa. “La gente no lee” como fenómeno natural, irremediable y muy contemporáneo. Puede que así sea, pero que nadie se haga ilusiones: no leer se nota.

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