Querida butaca

Un político que nos cae bien, pese a todo, ha proclamado la necesidad cívica de apadrinar las butacas de un teatro municipal. ¿Nueva forma de humanismo? ¿Son de piel de esclavo nubio? ¿De piel de esperteyu como los bolsos de Mariano? A uno que yo conozco le da la risa floja apadrinar butacas de un teatro. ¿Por qué no apadrinar semáforos?, dice este descreído. ¿Estatuas? ¿Farolas? ¿Pasos de cebra? ¿Barandillas del Muro? Igual es que se ha inventado una nueva manera de recaudación indirecta por vía oenegética y uno no se ha enterado. Desde que dimitió Solbes, Hacienda ya no es lo que era. Ahora se está poniendo de moda la fiscalidad creativa, al parecer, y lo mismo la SGAE nos cobra una tasa por leer cuentos en voz alta a los niños.

Ese tipo que conozco ha preguntado qué supone ser padrino (madrina) de una butaca (butacón). Tiene razón. Lo que yo haría sería visitar a mi butaca los días de descanso teatral y preguntarle si se le ha sentado encima un tipo gordo, una señora con gases o un niño que pega mocos bajo el asiento de piel de nubio o de lo que sea.

Mi pobre/ podre butaca apadrinada podría contarme en lenguaje butacal los recientes éxitos del galán de moda, de la actriz fondona, de la orquesta que afina con los pies… Sería un idilio respaldado por unos euros al mes que cualquier butaca honrada podría confundir con un soborno o un putiferio. ¿Y si me enamoro de ella? ¿Y si acaricio su piel butaquina y me embutaco, y me embrutezco…? Y, encima, pagando.

En fin.

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